Sobre jaulas y colibríes

Cuando chico, papá me dijo que aquellos pajarillos de extraños aleteos se llamaban “chuparrosas”  y que volaban tan rápido que, si detenías sus alas, les explotaba el corazón.

Hace un par de meses descubrí que también pueden destrozarte el corazón si intentas ser sus alas; que les gusta que los llamen colibríes y que, uno en especial, se llamaba Carolina.

Recuerdo la primera vez que la vi. Haciéndole gala a su nombre, tras un par de pestañeos, se había ido. Nunca supe si regresaba al nido o cambiaba de brisas, pero si de algo estoy seguro es que las flores no brotan los diciembres. ¿En cuál jardín podría encontrarla?

Más lejana que su sonrisa estaban sus ideales, no por limitarse a existir, sino por la falta de convivencia. No dejaba ver más allá de los carmines y borgoñas que, a tono de floristería en días de octubre, perfilaban las cuchillas sin filo que a besos cortaban. Verla alejarse hasta que daba la vuelta en la esquina dejando un aroma a elegancia y deseo; como quien no tiene prisa de irse y, -sin embargo te quiero- ya no estaba.

Llegar al otro lado de la ciudad, frente a las tiendas de gerberas, y no encontrar ni rastro de sus sueños. Y hablar de flores como si por pétalos me besara o me matara, o ambas y ninguna. Ni danzar al viento ni alejarse con él.

Un abril cualquiera me hice a un parque tras las colinas de la ciudad con la esperanza de llegar a su nido y poder siquiera tomar una foto de esas que se guardan en la cartera del bolsillo derecho, para verla una vez más sin tener que mirar el corazón por dentro. Ojalá hubiera sido y así yo no estaría aquí sin recuerdos de cómo las alas se baten a duelo hasta crear huracanes en las panzas de quienes al verla, aman. Sabina siempre ha hablado de los meses como si abril fuera el peor de los amores. No terminaba de entender qué tenía de malo enamorarse de la ausencia sabiéndola a tu lado, hasta que un día amé a un colibrí que en mitad de un te quiero, me olvidó.

Carolina no era un ave aunque así lo simulara. Porque vuela, la he visto, pero no canta, y, si lo hace, no es conmigo. No pía, no habla, no ríe, no llora, no grita, no besa, no abraza, no ama, no sueña, y, si lo hace, no es conmigo. Lo único que sé de las aves es que un pequeño colibrí me hizo la primavera y se llevó las flores.

Cuando chico, dijo papá que de pajarillos hay montones y ninguno como ellos. Que los colibríes son tan especiales que pocas veces se les ven más de una vez al día, y, si llegaba a pasar, pedir un deseo sería lo más sensato. Años más tarde sólo pedí que se quedara, pero Carolina ya se había ido.

-Ortega de Blanco (En twitter como @JosueSoy)

Lu&Fu

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