Y te busqué por pueblos

Y te busqué por pueblos,
y te busqué en las nubes,
y para hallar tu alma
muchos lirios abrí, lirios azules.

Y los tristes llorando me dijeron:
¡Oh, qué dolor tan vivo!
¡Qué tu alma hace mucho tiempo que vivía
en un lirio amarillo! Continue reading “Y te busqué por pueblos”

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Él: Déjalo ir

Ella: Pero lo amo

Él: Pues ámalo

Ella: Pero lo extraño

Él: Pues extráñalo. Cada vez que pienses en él, mándale Amor y Luz.
Después deja ir el pensamiento.
Tienes miedo de dejarlo ir porque después estarás sola. Pero esto es lo que tienes que entender, si despejaras todo ese espacio que ocupas en tu mente por obsesionarte con el, tendrías una puerta y…. ¿Sabes qué haría el universo al verla?
Colarse.  Continue reading

Alegrías.

Pequeñas alegrías que dan sentido al vivir, y que deseo compartir:

Una ventana al campo,
el aire fresco en la cara,
el olor del pan,
el aroma del café en la casa.

Andar descalzo por el prado,
desperezarse,
el perro,
ducharse.

La guitarra, la que suena o la que es tocada,
el buen libro que espera paciente en el sofá,
sorprenderse,
subrayar,
comprender,
anotar con el lápiz,
el olor de la madera del lápiz. Continue reading “Alegrías.”

El Loco.

Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:

Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:

-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:

-Miren! ¡Es un loco! Continue reading “El Loco.”

Desde los afectos

Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?

Que uno tiene que buscarlo y dárselo…
Que nadie establece normas, salvo la vida…
Que la vida sin ciertas normas pierde formas…
Que la forma no se pierde con abrirnos…
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente…
Que no está prohibido amar…
Que también se puede odiar…
Que la agresión porque sí, hiere mucho…
Que las heridas se cierran…
Que las puertas no deben cerrarse…
Que la mayor puerta es el afecto…
Que los afectos, nos definen…
Que definirse no es remar contra la corriente…
Continue reading “Desde los afectos”

El día que empecé a vivir

Un día te levantas y decides que quieres ser la mejor. Que te quieres comer al mundo, que quieres conocer todo y a todos. Y a partir de ese día, no paras.

No paras de correr en apuros, no paras de trabajar como loca, no paras hasta terminar con los listados de cosas por hacer y no paras, no lo haces porque en serio quieres ser la mejor y tu cuerpo te lo dice, tu mente tiene hambre y tu corazón se hincha de las ganas de llenarse de todo.

Y la vida es cotidiana y tu segundo nombre es rutina, haces lo mismo, no cuestionas ni reflexionas, tu cuerpo es intransigente y efímero y nada te ayuda a trascender porque estás muy ocupada preguntándote cómo hacerlo. Continue reading “El día que empecé a vivir”

No te lamentes

“No te lamentes por no tener tu otra mitad, los que buscan sin cesar no se dan cuenta de que ya nacimos completos.

Cuando esa persona llegue debería encontrarnos felices porque nos va a compartir su espacio, no como si el cielo se hubiera apiadado de nosotros.

Debe encontrarnos sabiéndonos completos, debe saber que lo recibimos como a un igual, no como a un ángel. Continue reading “No te lamentes”

Encuentros…¿por casualidad?

“Freud decía que las coincidencias no existen; que cuando nos topamos con alguien de casualidad es porque ya lo habíamos visto antes con el rabillo del ojo y lo dejamos pasar, pero se quedó ahí, en nuestro subconsciente y no paramos hasta conseguirlo. Continue reading “Encuentros…¿por casualidad?”

Continuidad de los parques.

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles.

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Los siete yo.

En la hora silenciosa de la noche, a medida que me quedo medio dormido, mis siete yo se sientan juntos y así conversan entre susurros:

Primer yo: Aquí, en este loco, he morado todos estos años, sin otro quehacer distinto de renovar su pena de día y recrear su dolor de noche. No puedo sobrellevar mi destino por más tiempo, y ahora debo rebelarme.

Segundo yo: Lo tuyo es mejor que lo mío, hermano, ya que se me ha hecho ser el yo gozoso de este loco. Yo río sus risas y canto sus horas felices, y con pies tres veces alados bailo sus más brillantes pensamientos. Soy yo quien debería rebelarse contra mi cansada existencia.

Continue reading “Los siete yo.”