Más allá de un simple imaginar

Escritos de nosotras. (Lu y S.Fuchs), Favoritos

Imagino cosas, todas etéreas en su definición,

desde pequeña he tenido este regalo

que me trasporta a una distinta dimensión.

Hace que vea figuras inexistentes como parte del engaño,

no se preocupa por el tiempo

y juega con todo lo que en mi vida he pensado.

En lo que se asemeja a un extraño trance

lágrimas salen de mis ojos,

mi respiración tiende a alterarse

y un hermoso piano suena de fondo.

Donde habite el olvido

Poesía

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Me digo

Favoritos, Poesía

Imaginé muchas veces haberlo encontrado,

como quien cree haber tenido un poco de suerte en los dados

pues yo era de todos el más afortunado,

el sol no se había metido y yo creía poder tocarlo.

Lo que hoy me grito me aturde

me aturde como el sonido de una colosal ola a un habilidoso marinero

El frasco roto.

Escritos de nosotras. (Lu y S.Fuchs)

Con el pie izquierdo camino;

En un raudo movimiento dejo destrozado un pequeño frasco en el piso,

Mil olores impregnan el aire enseguida: canela, menta y un toque de vainilla

Mil olores despiertan mis recuerdos: un llanto, una caída y unos dedos recorriendo mi piel en una suave caricia.

Continuidad de los parques.

Vida.
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles.